Etiqueta Negra de Perú entrevista al GRAN DT.

(agradecimiento especial al periodista uruguayo Leonardo Haberkorn)

Todas las mañanas del año, bien temprano, aún en invierno, cuando llueve y hay helada, el entrenador de fútbol Julio Ribas sale al jardín de su casa en traje de baño, se para en el borde de la piscina y grita bien fuerte: «¡Estoy en gueeerraaa!». Luego se zambulle en las gélidas aguas.

Su esposa le pide que no lance esos alaridos, porque teme que los vecinos se quejen. Pero Ribas no le hace caso. Para él, todas las personas del mundo están en guerra, sólo que algunos tienen la valentía de asumirlo y otros no. Él lo asume.

Ahora Julio Ribas es el director técnico del Peñarol, uno de los dos equipos grandes del Uruguay, que ha sido cinco veces campeón de América y tres del mundo. Pero ese historial sólo añade presión a su trabajo: Peñarol no logra un título desde el 2003, y hay quienes dicen que contratar a Ribas ha sido un manotazo de ahogado de los dirigentes. Para muchos, él es el entrenador más polémico del país, a pesar de sus éxitos o precisamente por ellos. Se hace llamar El Gladiador. Y hoy, cuando el fútbol se ha transformado poco menos que en una ciencia de laboratorio, Ribas sostiene que es una guerra. Donde el entrenador argentino Marcelo Bielsa ve un tablero de ajedrez lleno de estrategias por tramar, Ribas ve un campo de batalla cuerpo a cuerpo. Para ganar, piensa él, lo más importante es que sus «gladiadores» estén convencidos de que son invencibles. Tan simple como eso.

Hoy es una mañana de mediados de abril en Los Aromos, el complejo de entrenamiento de Peñarol, y Ribas viste ropa deportiva. «Lo más parecido al deporte profesional está en el Coliseo romano», dice sentado bajo una sombrilla, en la entrada del local donde los futbolistas se concentran antes de los partidos. «Los que entran a un estadio no son ni azafatas ni modelos, son guerreros. ¡Guerreros! El fútbol es vida o muerte, deportivamente. Es uno u otro. No existe un gris». Viéndolo con sus propias palabras, la carrera de Ribas es una suma de muertes y resurrecciones. Su efectividad es relativa. Le ha ido bien y le ha ido mal. Quizá todo dependa de lo motivados que estén los jugadores con su discurso. Si dejan de creerse guerreros invencibles es probable que también empiecen a perder. Ahora al Peñarol le va bien. Pero el objetivo es reconquistar el título luego de cinco años de fracasos con otros entrenadores.

En el campo, Ribas ha reunido a los futbolistas en el centro. No hay público. Sólo se escucha su arenga:

–¿Qué precio están dispuestos a pagar para ser campeones? ¡Yo pagaría lo que fuera! Siempre hay un precio por lo que querés y nosotros lo pagamos en cada entrenamiento. ¡Cada uno tiene que ser como si fuera el último!

Comienza la práctica. Hay que correr más, grita Ribas:

–¡Vamos que son jóvenes, les tienen que salir las tripas de la boca!

Un futbolista falla en una jugada y agacha la cabeza, apesadumbrado. Es el tipo de cosas que Ribas no acepta en un «gladiador».

–¡No agaches la cabeza! –truena su voz–. ¡La vida no es para lamentarse! ¡Es para buscar otra oportunidad!

Luego ordena un ejercicio: los suplentes deben retener la pelota; los titulares, quitársela. Con el cuello de la camiseta levantado, Ribas se para a un costado de la cancha y ordena comenzar. El arquero suplente le pasa el balón a uno de sus jugadores. Ribas empieza a gritar como si aquello fuera la final de la Copa del Mundo:

–¡Presione! ¡Presione! ¡Presione! ¡Presionalo! ¡Presionalo! ¡Presionalo! ¡Presionalo! ¡Presionalo ya! ¡Presionalo ya! ¡Presionalo ya! ¡Presionalo a muerte!

Antes de irse a las duchas, los futbolistas practican tiros al arco. Ribas se para detrás de la portería contra la cual rematan.

–¡Acá estoy yo, el monstruo! –le grita a cada uno de los que van a patear–. ¡Soy el ogro y no pueden soportar esta presión!

Es probable que tras el entrenamiento a los jugadores les queden tan adoloridos los oídos como las piernas. ¿Puede ser tan efectiva la motivación en un equipo de fútbol? Por lo visto en la práctica, Ribas confía más en sus mensajes que en los esquemas de juego o en las complicadas jugadas de laboratorio. «Si al jugador le llegás al alma, vas a ganar con la táctica y la estrategia que sea, el sistema sale solo», le dijo a un joven admirador que fue al complejo deportivo para pedirle consejo sobre cómo entrenar a un equipo infantil. El discípulo se retiró fascinado. Juan Villoro escribió que los equipos que dirige el holandés Cruyff son como un cuadro expresionista en el que cada futbolista incorpora un nuevo color. De los equipos de Ribas podría decirse que son como un ejército medieval en el cual cada jugador ayuda con su voluntad y su fortaleza. A ese estilo particular, Ribas lo llama «fútbol vertical». La pelota siempre es impulsada hacia adelante, contra el arco rival. Nada de elaboradas jugadas ni de sucesivos pases laterales de pelota. Siempre al frente, nunca para el costado.


Hasta esta mañana de abril del 2009, Peñarol ha ganado los últimos dos partidos. Luego ganará otra vez. De todas maneras el juego del equipo ha sido horrible (a mi gusto). Pero Ribas no acepta ese tipo de críticas. A él le parece ridículo pretender que el fútbol tiene una dimensión estética. «La estética es muy subjetiva, agradar a todos es imposible –ha dicho–. Para mí lo que cuenta, en la vida y el deporte, es la eficacia: hacer goles y que no te los hagan».

Uno de sus libros de cabecera es El arte de la guerra, del chino Sun Tzu, un clásico con dos mil quinientos años de antigüedad. Tiene un ejemplar en su mesa de luz, junto con una biografía de Jesús, el Manual del Guerrero de la Luz, de Paulo Coelho, y otra media docena de libros a los que vuelve una y otra vez. «Sun Tzu dice algunas verdades universales», me explicó al término de un entrenamiento. «Una de ellas es que la invencibilidad está en uno mismo y la vulnerabilidad en el adversario. Los guerreros en la antigüedad primero se tornaban invencibles, para después ir por la victoria. Vos primero tenés que forjarte un hombre con una autoestima increíble. Y ella te va a dar la capacidad de jugar al fútbol de la mejor manera. Ése es el camino». Un hombre con esa mentalidad debe tenerse en muy alta estima. En su página de Internet, Ribas se presenta como «el Gran DT», «¡Multicampeón!» y «¡Hombre récord!».

–¿Qué piensa cada mañana cuando se mira al espejo? –le pregunté esa vez.

–Que soy el mejor. No podría luchar por mi familia, por mis hijos, por mi equipo que es tricampeón del mundo y pentacampeón de América, si no lo sintiera.

La ambición de Ribas es llegar un día a ser campeón del mundo. «Hasta que no lo consiga no va a parar», me dijo su esposa.

Primera regla para forjar la autoestima del equipo: corregir los sobrenombres de los jugadores. Eso fue lo primero que Julio Ribas hizo cuando llegó al Peñarol, en febrero del 2009. Al juvenil Gastón Ramírez lo bautizó Águila. A Maximiliano Bajter, al que todos llamaban Pipi, lo llamó Pitón, como esa gigantesca serpiente que mata asfixiando. Una vez le sugirió al delantero español José Mari llamarse Pedregullo. «José Mari es un lindo nombre, pero más afín a un teleteatro», explica Ribas. «El sobrenombre de un deportista tiene que ser el de un guerrero. Los guerreros en la mitología griega y todas las demás –los charrúas, los aztecas, los guerreros germanos, los vikingos–, ¿con qué se identificaban? ¡Con un toro, con un águila, con un búfalo! No se identificaban con un conejito, un ratoncito, un pajarito. Vos no podés tener a un jugador al que le digan Pajita, porque el rival lo primero que se va a preguntar es: ¿Y por qué le dicen Pajita?».

Algunos que saben de fútbol piensan que el Gladiador está loco. «El fútbol es un juego complejo y tiene sus misterios, pero Ribas se los saltea todos para apostar a lo más primitivo», me dijo el periodista deportivo Franklin Morales, que ha escrito seis libros sobre la historia de este deporte. Un psicólogo me explicó que eso de decirle a un deportista que es un «gladiador» tiene sus bemoles. Una vez, Abelardo Riera, como se llama ese especialista, atendió a un tenista que siempre perdía ante adversarios inferiores. No había una explicación lógica. La clave, descubrió, estaba en un par de frases que su entrenador le repetía siempre en alusión a sus rivales: «Tenés que reventarlo, tenés que matarlo». En su inconsciente, el tenista se resistía a reventar, a matar. «Tenemos mecanismos inhibitorios de esas acciones en nuestro súper yo, en nuestro inconsciente», me explicó Riera. ¿Acaso los futbolistas también desarrollan esos trastornos?

Ribas no estudió cómo motivar a sus futbolistas en ningún curso de psicología, ni lo leyó en un libro. «No se aprende a motivar o a liderar», me dijo sentado en la entrada de Los Aromos. Un día de fines de los noventa, durante una práctica, Ribas le preguntó a uno de los delanteros del equipo de segunda división que entonces dirigía:

–¿Para vos quién es el mejor número 9 de Uruguay?

Diego Alonso, el jugador, tenía solo veintidós años, como recuerda él mismo a través del teléfono desde Argentina, donde aún juega. Por entonces, él admiraba al centrodelantero de Peñarol de aquel momento.

–Para mí el mejor es Lucho Romero –le respondió a su entrenador.

El Gladiador lo empujó, furioso:

–¡Yo creo que sos vos! ¡Cómo no lo vas a creer vos!

Ribas dejó de hablarle hasta que un mes después volvió a hacerle la misma pregunta. Esta vez Alonso respondió:

–Yo soy el mejor.

Diego Alonso, alias El Tornado, dice que entonces algo ocurrió dentro de sí: «Comencé a creer que de verdad yo podía ser el mejor». A partir de allí fue campeón en Uruguay, llegó a la selección, jugó en algunas de las ligas más cotizadas (España, Argentina y México), lo dirigieron muchos entrenadores, pero él dice que Ribas es el mejor que ha tenido.

El director técnico Julio Ribas vive su excéntrico modo de entender el fútbol como una disciplina de tiempo completo. Dice que le dedica al fútbol treinta y dos horas diarias: las veinticuatro horas normales más las ocho del sueño. A veces, dice, se despierta a las tres de la madrugada pensando en una jugada. Para tales circunstancias, tiene un cuaderno y un bolígrafo en la mesa de noche. También le da una gran importancia a ver y analizar las grabaciones de los partidos de fútbol. Ha llegado a ver hasta siete en un solo día. En ocasiones su esposa le pregunta: «¿Sabés cuánto se gasta de luz en la casa? ¿Y de teléfono?» Pero Ribas no lo sabe; tampoco tiene tiempo para comprarse ropa. Mientras dirige a un equipo pasa el día entero, aun cuando está en casa, vestido con los colores de ese club. Ahora que dirige a Peñarol se viste sólo de amarillo y negro.

Su pasado parece tocado por las mismas pinceladas de excentricidad: Ribas recuerda que cuando era un niño le contó a su abuelo que lo que más quería era triunfar en el fútbol. El abuelo le hizo una broma pesada: le dijo que nunca lo lograría si no se animaba a arrojarse al mar en invierno. El niño Ribas aceptó el desafío. Fue su primera zambullida helada. Jugó más de cuatrocientos partidos como profesional entre 1975 y 1992, en Uruguay, Argentina y Costa Rica. Llegó a integrar la selección y, en 1990, fue campeón con el modesto Bella Vista. La fama le llegó cuando se hizo entrenador. Ha sido cuatro veces campeón de la segunda división de su país y llegó a ganar con uno de esos equipos pequeños la Copa Viareggio, una especie de mundial sub-20 de clubes. Fue campeón del torneo uruguayo con el Peñarol en 1999, y con el Bella Vista, un equipo al que él había ascendido a primera división, ganó un año antes el torneo Liguilla y luego clasificó a la Copa Libertadores. La lista de sus fracasos es más breve, pero incluye traspiés importantes. En el 2000 y el 2001 no pudo ser campeón con Peñarol y dejó el club. Dos años después, fracasó en la segunda división de Italia. Y a pesar de que le iba bien dirigiendo a la selección de Omán, en el 2008, tuvo que dejar el equipo durante las eliminatorias para la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. Fue consecuencia de su credo. Los árabes lo despidieron porque no toleraron su férrea disciplina. Entre otras cosas, había sacado del equipo a Maimani, su máxima estrella. «Los que creen que son figuras sin serlo, que se entrenan a media máquina, que piensan que el fútbol empieza y termina en ellos, que juegan caminando porque se la creen, conmigo no juegan, sea quien sea», explicó a la prensa. Y agregó que tras haber separado a ese jugador del grupo, éste «lloró como una mujer lo que no defendió como hombre». Parece una caricatura de su propia leyenda, pero su esposa recuerda que un preparador físico que trabajaba con Ribas llegó un día llorando a su casa y renunció ante el entrenador: no toleraba tanta presión.

¿Puede la pobreza cotidiana motivar a un deportista? El jugador Fabián Pumar recuerda que el Gladiador más de una vez lo llevó a ver las colas que se forman de madrugada en los comedores públicos. Era finales de los años noventa y Ribas dirigía al Bella Vista. En las filas callejeras, recuerda Pumar, había muchas madres con sus niños en brazos esperando que les repartieran un poco de leche. Ribas les hacía entender a sus jugadores que ellos no querían eso para sus familias. Aquel plantel fue acusado de ser una secta manejada por un entrenador loco. Se decía que Ribas los hacía caminar sobre vidrio. Incluso que cierta vez, para motivarse, los jugadores cruzaron a nado el Miguelete, un contaminado arroyo que atraviesa Montevideo cerca del estadio del club. Un canal de televisión le preguntó a Ribas si eso era verdad. «Y debe ser cierto –respondió él–, porque después fueron campeones de todo». Un día en Los Aromos insistí con la pregunta, pero él volvió a ser ambiguo: «Eso quedó como una leyenda. Hay que dejar que siga, cada uno pensará lo que tenga que pensar. Yo no tengo que desmentir ni que aclarar nada». Era incapaz de corregir su propio mito.

Tres integrantes de aquel equipo recuerdan cosas bien distintas. Pumar dijo: «Entrenábamos en un parque, cerca del arroyo. Había llovido mucho y el arroyo se había desbordado. Corrimos alrededor de la zona anegada, pero no sobre ella. No nos tiramos al Miguelete, ni lo cruzamos. Es un mito». Por teléfono, desde La Plata, el Tornado Diego Alonso fue enfático: «Los mitos no se aclaran. ¡Aquel plantel cruzó el Miguelete!». Julio Morales, el Mellizo, un goleador que integraba aquel plantel y después jugó en Boca Juniors y Alianza Lima, respondió a través de un correo desde España, donde buscaba trabajo como director técnico:«Éramos un grupo de personas decididas a transgredir los límites normales del esfuerzo para lograr un objetivo. Y si cruzar el Miguelete nos hubiera sido útil para lograrlo, sin dudas lo hubiéramos hecho. Pero nunca lo cruzamos». ¿Transgredir los límites normales del esfuerzo? «Es soportar el dolor y el cansancio más que los otros, en las prácticas y los partidos», aclaró Morales. Él jugó en doce equipos y dice que en los únicos que vio eso fue en los de Julio Ribas.

Ahora, en Los Aromos, Ribas se saca fotografías con unos hinchas. A pesar de su fama, a todos los trata de igual a igual y parece que para cada persona guarda un elogio o una palabra de aliento. Más tarde, recuerda la historia del «goleador que no hacía goles». Era un delantero que llevaba seis partidos sin una sola conquista y estaba preocupado. «Vos no hacés goles porque tenés miedo», diagnosticó Ribas. El aludido porfió: decía que eso no era cierto. «Sí, tenés miedo y por eso no pateás al arco, siempre eludís a uno más». Pero Ribas tenía un remedio. «Tenés que subir al ómnibus con una planta en la cabeza. Ahí se te va a ir todo el miedo». El jugador le dijo que estaba loco. «No, tenés que hacerlo. Al principio vas a sentir mucha vergüenza, pero después vas a perder todos los temores». Ribas sonríe. Dice que el futbolista subió al ómnibus con la planta en la cabeza y al siguiente partido hizo dos goles.

Ribas habla con la convicción de un predicador. Cuando tenía dieciocho años sufrió una grave lesión en la rodilla y los médicos le dijeron que nunca más jugaría al fútbol. Pero no les hizo caso, y su carrera fue una prolongada refutación de ese diagnóstico. Contradecirlo fue su primer grito de guerra. El inicio de su batalla contra la razón cuando ésta parece decir que no se puede.

Cierta vez Julio Ribas logró la proeza de hacer competir a treinta de sus gladiadores contra sesenta mil guerreros enemigos. Era 1998. Ribas había sacado de la segunda división al modesto Bella Vista y en un año lo había puesto en la final de la Liguilla de primera división, frente al Peñarol, que venía de ganar cinco campeonatos uruguayos consecutivos. Era como poner a luchar al pequeño David frente al gigante Goliat ante un estadio de sesenta mil fanáticos del más fuerte. ¿Había manera de ganar?

Aquellas circunstancias remiten a la máxima hazaña del fútbol uruguayo, un episodio muy caro para Ribas. 1950. Brasil y Uruguay están en la final de la Copa del Mundo, en Maracaná, ante doscientos mil brasileños enfervorizados. Brasil había demolido 6 a 1 a España y 7 a 1 a Suecia., los otros finalistas Uruguay apenas había vencido 3 a 2 a los suecos, e igualado con España. Con solo empatar ante los uruguayos, el enemigo poderoso sería el campeón mundial. El gol brasileño llegó al inicio del segundo tiempo. Entonces Obdulio Varela, el capitán uruguayo, hizo algo inesperado. Fue a buscar la pelota dentro de su arco, se la puso bajo el brazo y, con calma y parsimonia, caminó hacia el árbitro. La multitud enloqueció, pero Varela no se inmutó y siguió adelante. El público dejó de festejar, ganado por el estupor. ¿Qué quería ese atrevido? Para cuando el capitán terminó de hablar con el árbitro, la euforia había desaparecido, Brasil iba ganando pero ya no se notaba. Recién entonces, Varela hizo que reiniciara el juego. Luego, Uruguay hizo dos goles y le arrebató a Brasil el cetro mundial. Los goles fueron anotados por el exquisito Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia. Pero los uruguayos no repararon demasiado en el talento de aquellos cracks. La conclusión colectiva fue que la clave de la victoria había sido la mezcla de coraje y viveza de Varela. La escena del capitán con la pelota bajo el brazo pasó a ser el paradigma uruguayo de cómo triunfar en la vida. La sorpresa del temperamento. La magia de la motivación.

En aquella final de 1998, el arma secreta del Gladiador no fue una ofensiva innovadora ni una defensa infranqueable. Fue un video. Ribas le pagó a su sobrino para que fuera a los hogares de los jugadores y grabara a los familiares de éstos dando un mensaje de aliento. Luego él mismo dirigió la edición de la cinta. Unas horas antes del partido, anunció que verían una película. Los futbolistas imaginaron que sería un video con jugadas de su rival, pero se encontraron con sus esposas, hijos, padres, abuelos y hermanos.

El abuelo de uno decía: «Hola, Tornado. ¡Fuerza! ¡Toda la fuerza del mundo! ¡Como los guerreros manchurios! ¡No te olvides!». La esposa de otro: «No necesito decirles que yo sé que Jesús está con ustedes…». La esposa de otro, con un bebé en brazos: «¡Vamos arriba que le vamos a ganar a Peñarol!». El hermano de alguien alentaba por teléfono desde el extranjero. Luego aparecían dos niños. Eran los hijos de Julio Morales. Estaban solos porque su madre había muerto de cáncer seis meses antes. Al final de su testimonio aparecía la fotografía de la esposa recién fallecida. (Morales me diría tiempo después que no se ofendió por ello; todo lo contrario, lo vivió como un homenaje). En el camerino, muchos lloraban de emoción, y según Ribas, así entraron al campo.

Ribas recuerda que hizo la filmación para templar a los guerreros para la batalla de esa noche. «Ese video tocaba las cuerdas más íntimas de una persona, su familia. Y cuando a una persona le tocan esa cuerda, no importa que juegue contra sesenta mil, contra el equipo más legendario y ganador del Uruguay». A Fabián Pumar se le eriza la piel al recordarlo. «En el ómnibus en el que fuimos al estadio no se prendió un discman, nadie escuchó música, no voló una mosca. Era impresionante. Íbamos todos pensando en lo que habíamos visto. Entramos a la cancha más fuertes que nunca». A Diego Alonso le pasó lo mismo: «En el momento en que me subí al ómnibus sabía que era imposible que perdiéramos».
Ganaron 1 a 0.
Hay quienes creen que Julio Ribas maneja sus equipos sin entender muy bien de qué se trata el juego moderno. «Va a contrapelo de lo que es el fútbol de hoy», dice el periodista deportivo Ricardo Piñeyrúa, un enamorado de los equipos que juegan bien. «Es un resumen ideológico de lo más atrasado del fútbol uruguayo», añade en una conversación telefónica, «los que siguen creyendo que ganábamos porque éramos muy guapos y que lo único que importa es la mentalización de los jugadores». En resumen, no basta una sobredosis de motivación para ganar.

Por el contrario, demasiado entusiasmo puede tener efectos negativos. En el 2000 Julio Ribas dirigía al Peñarol. Al término de un clásico contra el Nacional, el otro equipo grande del Uruguay, él y sus jugadores se tomaron a golpes con sus rivales. Ribas le pegó al goleador adversario. La trifulca fue tan grande que el entrenador y seis de sus futbolistas estuvieron ocho días presos. Peñarol perdió el campeonato.

¿No teme acaso que sus maniobras motivadoras provoquen un efecto negativo?

–El miedo paraliza –responde Ribas mirándome fijo a los ojos mientras los jugadores se bañan tras una práctica–. El miedo es lo contrario de la fe, es hermano de la duda. Y yo no dudo porque creo en Dios, en Jesús y en un grupo de muchachos que se entregan totalmente por un sueño.

–¿Nunca duda de nada?

–No hay hombre que no tenga dudas y miedos. Pero cada vez que ellos asoman en tu vida, rápido los tenés que combatir con la fe. Y después te volvés un guerrero tan diestro en enfrentar la duda y el miedo que llega un momento en que ellos ya saben que no tienen que aparecer contra vos. Cuando te ven, se alejan. Eligen a otro.

Aunque elige presentarse como un troglodita, Ribas hizo dos años en la carrera universitaria de diplomacia y en su casa hay cientos de libros. Dice que tiene uno en cada lugar. En la habitación, en la sala, en el baño. Le gustan los textos de historia, las biografías, los libros que «hablan de la autoestima», los de liderazgo, las novelas. Fabián Pumar recuerda que Ribas le recomendaba lecturas. «Te dejaba, por ejemplo, un libro que contaba cómo había empezado Michael Jordan. Vos lo leías y empezabas a ilusionarte, a soñar y a decirte: ¿por qué no?». Pero, con o sin ese bagaje de lecturas, muchos periodistas deportivos no toleran a Ribas ni su ideología combativa ni el estilo tosco de sus equipos. Que Peñarol lo haya empleado el 2009 en un intento por volver a campeonar después de seis años levantó un reguero de críticas. «A Ribas lo contratan siempre como manotón de ahogado, en clubes que están en situaciones desesperadas. Nunca llega a continuar un ciclo exitoso», dijo el periodista Franklin Morales, uno de sus detractores.

Semanas después, mientras escribía este reportaje, la suerte de Julio Ribas cambió. Los «gladiadores» comenzaron a perder de la peor manera: estableciendo nuevas estadísticas para el recuerdo de los hinchas. Hacía once años que Peñarol no perdía tres partidos consecutivos por el Campeonato Uruguayo, y con Ribas lo consiguieron. Luego, fue peor, perdieron contra su rival histórico, el Nacional. Tras esa derrota, muchos esperaban que Ribas renunciara, pero él se presentó en la conferencia de prensa tras el partido y dijo otra de sus frases. En los momentos de crisis –exclamó– es cuando sale lo mejor de los hombres. «Trabajaremos diez veces más».

Ribas me había dicho en los entrenamientos que necesitaba tiempo para transformar a ese equipo en un cuadro de gladiadores invencibles. «Ése no es un trabajo de un solo domingo, como piensa la gente. Es una artesanía que se teje con el tiempo». Ahora, la saga de derrotas dejó al equipo sin posibilidades de ser campeón y a él, muy lejos de su sueño de algún día ser el mejor del mundo. ¿Qué pensaba Ribas sobre el mito de Maracaná? ¿Creía que nos había hecho daño a los uruguayos?

–El que dice algo así es porque no estudió el fútbol en profundidad, o porque no tiene actitud –respondió indignado–. ¿Quién dice eso?

Por esos días, el país estaba muy conmovido porque dos adolescentes fueron asesinados en un duelo de hinchadas de equipos de básquetbol. Era un shock emocional para un país que se niega a aceptar que hace tiempo que dejó de ser la Suiza de América Latina. «Cuando las instituciones se deterioran, la gente se vuelve más primitiva. Eso es lo que nos está pasando a los uruguayos y el discurso de Ribas es funcional a este proceso», me dijo el filósofo Pablo Da Silveira, que tiene un blog llamado «Adiós Maracaná». «Maracaná –añadió– es el espíritu de todos los mitos que nos seguimos tragando. Seguir pensando en Maracaná refleja la absoluta incapacidad de reaccionar de los uruguayos. Pensamos que somos los mismos de 1950, con algún problemita. Estamos viviendo en otra galaxia». Un país que fue rico y hoy es pobre. Para Ribas, por el contrario, la victoria de Maracaná es una clave para entender la vida, «un mensaje cifrado de Dios para leer en el fútbol», un código que dice que para ganar sólo se necesita la fe suficiente. Pero a la mayoría creer le cuesta demasiado.

DESTACADO

EL HOMBRE DE LOS MILAGROS ( FUENTE : LINCOLN NEWS , LA GAZZETTA DELLO SPORT )

LN  -  MISTER RIBAS, ES USTED EL HOMBRE DE LOS MILAGROS ?  - JULIO RIBAS :  NO, LOS MILAGROS SOLO LOS  REALIZA DIOS. LN   -  COMO LOG...

FRASES DE CABECERA DE JULIO RIBAS

"Todo lo que tiene forma, puede ser definido.

Todo lo que puede ser definido, puede ser vencido."


"Hay quienes a veces ganan y no son ganandores, hay quienes a veces pierden y no son perdedores, ser perdedor es dejar de creer, dejar de luchar, dejar de soñar."


"Los que hablan, hablan, los que hacen, hacen cosas que dan que hablar, los que hablan imaginan lo que se siente, los que hacen , saben lo que se siente, sentir lo que haces esa es la diferencia."


"Ser ganador no es solo ganar repetidas veces, es mucho mas que eso, es elegir ganar siempre y hacer lo que necesario para que eso suceda"


"Perder duele, no poder ser campeon duele mas aun."


"La unica diferencia entre la genialidad y la locura, es el exito.


"El exito no te cambia, te delata".


"Es sencillo: Existen buenas y malas maneras de hacer las cosas, se pueden tirar 30 tiros libre, si la tecnica es erronea, solo te convertiras en un jugador que es bueno para tirar mal."


"Algunas personas quieren que algo ocurra, otras suenan con lo que pasara, otras hacermos que suceda".


"La fuerza que te pone en marcha, viene del sueno que tengas, de la ilusion enorme de querer logar un objetivo, por eso te levantas cada dia buscando por todos los medios y recursos posibles.

la forma de poder lograrlo, conquistarlo y hacerlo tuyo para siempre".


"Si no enseñas algo a una persona que podria aprovechar la leccion, pierdes a una persona, si intentas enseñar algo a una persona que no quiere aprovechar la leccion, pierdes tiempo.

Un lider sabio no pierde personas ni tiempo."


"Hay quienes desean que sucedan cosas, hay quienes rezan para que sucedan cosas, y hay quienes tienen coraje para hacer que esas cosas sucedan."